Bienvenidos a la edición cibernética de la Revista Ekuóreo, pionera de la difusión del minicuento en Colombia y Latinoamérica.
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194. Chéjov - Minicuentos tempranos II

Antón Chéjov




Segunda entrega de los minicuentos tempranos del maestro ruso, escritos en 1883, cuando tenía 23 años. Los textos fueron tomados del libro Cuentos completos [1880-1885], publicado recientemente por la editorial Páginas de espuma. La primera parte de esta serie se encuentra en Chéjov - Minicuentos tempranos I.






Disfraces - escrito en 1883


Disfraz-I

   Ha atardecido. Por la calle avanza una abigarrada turbamulta de borrachos con guerreras y camisolas. Risas, bromas y baile. Abre la marcha un soldado bajito, de viejo capote y gorro ladeado.
   En dirección contraria, va a un suboficial.
   —¿Por qué no haces el saludo? —se lanza contra el soldado—. ¿Por qué? ¡Alto! ¿De qué regimiento eres? ¿Cómo andas así?
   —¡Pero, amigo, si vamos disfrazados! —responde el soldado, con voz atiplada.
   Y los del grupo, e incluso el suboficial, sueltan una sonora carcajada.


Disfraz-II

   Una señora, guapa y gruesa, está sentada en un palco. Resulta difícil determinar su edad, pero es joven y aún lo será durante bastantes años. Va vestida con elegancia y lujo. Lleva, en cada brazo, una maciza pulsera; y, en el pecho, un broche de brillantes. En el respaldo de una silla vecina, descansa su abrigo de pieles, que ha de valer miles de rublos. Un lacayo, de librea y galones, la espera en el pasillo; y, en la calle, un trineo de negros caballos con una piel de oso por manta de viaje...
   La cara, llena y hermosa, y los atavíos de la señora parecen decir: “Soy feliz y rica”. Pero no lo crea, lector.
   “Esto es un disfraz —piensa ella—. Mañana o pasado, el barón se juntará con Nadine y me lo quitará todo”.


Disfraz-III

   A la mesa de juego está sentado un caballero de frac, papada de tres pisos y manos de damisela. Tiene ante sí una montaña de dinero. Pierde, pero no se apura. Al contrario: se mantiene siempre sonriente. Le importa poco perder dos o tres mil rublos. En el comedor, varios criados se hallan preparando para él ostras, champaña y faisanes. Nuestro caballero es amigo de la buena cocina. Después de cenar, irá en su coche a casa de ella. Ella le espera.
   ¿Verdad que lo pasa bien este señor? Es feliz. Pero mirad la idea que le trastorna el cerebro, agobiado por las grasas:
   “Esto es un disfraz. Apenas se presente una inspección, todo el mundo sabrá que estoy disfrazado”.


Disfraz-IV

   Un abogado está defendiendo a una mujer ante el tribunal. La acusada es bella, y su rostro, compungido hasta no poder más, denota su inocencia. ¡Dios sabe que no es culpable! Los ojos del defensor centellean, las mejillas le arden, y su voz está empañada por las lágrimas... Dice que sufre por la acusada y que, si la condenan, morirá de pena. El público le oye extasiado, temeroso de que acabe de hablar. “Es un poeta” —susurran entre sí los presentes.
   Pero es sólo un poeta contrahecho. Lleva un disfraz.
   “Si el demandante me hubiera dado cien rublos más —piensa el poeta—, habría puesto a ésta como un trapo. El papel de fiscal me habría ido mucho mejor”.


Disfraz-V

   Un muzhik borracho va por la aldea cantando y sacando chirridos a un acordeón. Tiene su cara una expresión de ebrio deleite. Soltando unas risillas conejiles, se pone a bailotear. ¡Qué bien vive!, ¿eh? Pues no, señores, lleva un disfraz.
   “¡Qué hambre tengo!”, va pensando.


Disfraz-VI

   Un joven catedrático de Medicina da su primera lección. Afirma que no existe mayor felicidad que servir a la ciencia. “¡La ciencia es todo! —dice—. ¡La ciencia es la vida!”. Y le creen.
   Pero dirían que está disfrazado si hubieran oído lo que dijo a su mujer después de la conferencia:
   —Ahora, hijita, ya soy profesor. En el ejercicio de la Medicina, un profesor cobra diez veces más que un médico corriente. Creo que ahora llegaré a los veinticinco mil rublos anuales.



Disfraz-VII

   Seis entradas, miles de luces, gentío, guardias, revendedores. Es un teatro. Sobre la puerta principal, un letrero como el del Hermitage: Sátira y Moral. Allí se pagan precios muy altos, y escriben largos artículos críticos; se aplaude mucho y se sisea muy rara vez. ¡Es un templo!
   Pero también se trata de un disfraz. Si arañáis lo de Sátira y Moral, no os será difícil leer: Chismorrería y Bufonada.